lunes, 22 de junio de 2015

Desasnar burros

Esta semana he tenido el placer de conocer en persona a uno de los tíos más grandes que hay en esto de la divulgación, Fernando Frías, a raíz de una charla divulgativa sobre homeopatía en mi ciudad. Aunque no tanto como desearía y eso es algo que voy a solucionar a no mucho tardar. Aparte de la anécdota, lo que quería comentar es un suceso que me ha hecho reflexionar sobre alguna cosilla que me gustaría compartir con vosotros. Como científico, a veces me viene dando igual este tipo de cosas, aunque siguen siendo dolorosas por el camino que están tomando algunos temas. Pero si pienso en la labor de los que estuvieron allí, me repatea el hígado.


Charla en la Fnac

Curiosamente, y aunque esta empresa ha apoyado otras veces algunos vagones de mierda bien gordos, ofrece cada dos meses aproximadamente, un espacio a la Universidad Miguel Hernández para celebrar unas charlas divulgativas bajo el apetitoso nombre de Ciencia con tapas. Esta es la segunda vez que puedo acudir, por diversas cuestiones, y la verdad es que la presencia de Fernando Frías me atraía bastante, así que olvidándome del calor que hacía, me puse en marcha para escucharle. 

Contando con los tres ponentes, la charla duró alrededor de una hora y diez minutos, muy amena, muy distendida, que contó incluso con pasajes de El Quijote. Yo aprendí mucho. Muchísimo. Entendiendo que ese era el objetivo, me quedé con la sensación de "misión cumplida" que tengo en otras ocasiones. Pero entonces ocurrió algo. 

Seguro que los más avispados ya os habéis dado cuenta de que lo que ocurrió es que había un pro-agua mágica entre el público. Y se quejó. Se quejó de que la charla no hubiera sido más "equilibrada", según sus palabras, aunque yo creo que quería decir equidistante. Él esperaba escuchar a alguien que tranquilizara la ansiedad que su propio sesgo cognitivo le suscitaba sobre la efectividad de la dulce brujería, pero lo que escuchó fue, con todos los datos y toda la razón, que el efecto de las pócimas homeopáticas no supera el de un simple caramelo. Armado con un cuadernito y un bolígrafo, intentó sacar los colores a los ponentes, pero como los ponentes iban con las evidencias en la mano, lo que recibió fue un baño de realidad que no esperaba.

La reacción

Curiosamente, y al contrario de lo que lo que habría hecho cualquier persona normal que participara en un debate, la persona que se quejó recogió sus cosas y con cara de pocos amigos se fue. Tal cual. Sin querer escuchar nada más, sin querer saber nada, sin querer volver la cabeza siquiera. Personalmente, me pareció una reacción poco madura, la el "habla chucho que no te escucho". A pesar de que los ponentes fueron demasiado educados (desde luego mucho más de lo que yo habría sido), se fue sin más.

En aquel momento, la reacción del susodicho me indignó. Sí. Tres personas habían puesto su tiempo a disposición de los demás y su pago a tal regalo fue el de irse una vez terminada su queja. Me dio la impresión de que lo único que quería era pasar por el punto medio de la discusión, quedando como el de "ah, éste es el equidistante, éste es al que hay que escuchar". Creo que lo que quería era hacerse notar, dejar su perlita de sabiduría inútil y con eso se sintió más que satisfecho. Tirando de falacia ad ignorantiam con el típico "la ciencia no lo ha descrito todo" y de apelación a Galileo con un "hubo gente que llevaba la contraria a lo establecido y luego se demostró que tenían razón", creo que olvidó que la homeopatía contradice toda la física, química y biología conocida hasta ahora.

Podría haber sido un mermao más, como hemos visto tantos, pero rompió algo dentro de mí que me hizo plantearme una pregunta: ¿realmente sirve de algo tanta divulgación?

La reflexión

La respuesta obvia la tenía al lado, en mi mujer: sí. Realmente tiene sentido. Siendo muggle en cuanto a ciencia, mi mujer se fue con la impresión de que el equidistante sólo había ido a hacerse notar. Y en el autobús hacia nuestra casa, me di cuenta de que a ella, que apenas conoce nada de estos temas, la charla le había servido de mucho. Sólo por las preguntas que me hizo ya podía darme cuenta. Después, la he visto, medio de tapadillo, buscar cosillas sobre efecto placebo, estudios clínicos y demás. 

Así que sí, es verdad que la divulgación sirve para algo, sobre todo para la gente que no sabe nada o sabe muy poco de estos temas. Pero esto me hizo ir más allá y preguntarme: ¿y para la gente que sabe algo y tiene dudas? ¿Qué pasa con la gente que, en lugar de encontrarse con este tipo de charlas en primer lugar, se ve captada por gente que da charlas en el sentido contrario?

Volvamos al tipo equidistante. Según sus propias palabras, era un hombre de ciencias, pero por lo que decía, o no la entendía o la había entendido mal o no la practicaba hace mucho tiempo. Tampoco dudo de que su sentido crítico estaba ahí, en alguna parte. Pero también estoy convencido de que en lugar de encontrarse con información real de primeras, se había encontrado con algún adepto que había conseguido retorcer la realidad y mezclarla con medias verdades y mentiras enteras para convencerle de que la homeopatía (aunque pueda aplicarse a cualquier otra pseudociencia, ojo) era una terapia totalmente válida, a pesar de que no haya pruebas de ello. 

Uno podría pensar que, allí, entre cañas y tapas, y un ambiente distendido, podría haberse convencido de su error, pero lo cierto es que dudo que entre todo aquel público y lo que nos gusta a los seres humanos tener razón, hubiera dado su brazo a torcer. ¿Hubiera ocurrido de haber tenido la misma discusión en petit comité? Quién sabe. 

¿Llegamos a quien debemos?

El caso es que esto dio pie a otra pregunta más y quizá es la más peliaguda de contestar. Está claro que con los muggles los temas de divulgación funcionan, pero cuando el público está compuesto de gente con dudas que sólo tienen información que es interesada y sesgada, la cosa no está tan clara. Tampoco es que sean fanáticos pseudocientíficos, como hay tantos, y que son irrecuperables (al menos desde mi punto de vista) pero sí que les sirven a estos como si fueran adyuvantes. Son apoyos esenciales para expandir su dominio y la basura que promocionan. Porque no hay nada más peligroso que alguien que tiene dudas. No por lo que pueda hacer o dejar de hacer sino por lo fácil que es que la pelota caiga del lado del tejado que más le convenga.

Cuando se habla de estos temas siempre sale a relucir esta misma reflexión. Y la conclusión suele ser que la divulgación no está para los creyentes, porque su fe es incorruptible, sino para otros tres grupos de personas: a) los que ya sabemos, para reforzar nuestro conocimiento y argumentos; b) los que no saben en absoluto, para darles las herramientas necesarias para evitar que les engañen; y c) los que tienen dudas.

Sin duda, a los dos primeros grupos es bastante fácil llegar. Sería el equivalente a vacunar a una población. Los que acaben por adquirir el conocimiento que intentamos transmitir podrán actuar como la inmunidad de grupo, protegiendo a los que no saben e incluso a aquellos que tienen más dudas y no acaban de convencerse del todo. Pero al último grupo es más complicado. Estos son los que tienen menos dudas, quien sabe si por tener demasiada poca información o demasiada desinformación. A los primeros, quizá, sí sea posible convencerlos por medio del método de caña y tapa personal, explicando las cosas despacito y con mucha, mucha paciencia.

¿Qué pasa con los segundos? Sí, lo habéis adivinado: son los que llamamos cuñaos. Esos típicos personajes que han visto un vídeo, han oído en la tele o han leído en alguna revista en la peluquería y con eso ya piensan que han adquirido un conocimiento equivalente a un doctorado en la materia. Esto, que podría deberse al efecto Dunning-Kruger, que muchos ya conocemos, supone el mayor escollo en la labor del divulgador, desde mi humilde punto de vista. No porque tengan un conocimiento mayor que el del divulgador, no. Sino porque ellos creen saber más que el divulgador.

Han leído, han visto, han oído... Lo ha dicho un médico en la tele. Hay un estudio... Si habéis leído u oído alguna de estas expresiones, estáis ante uno de estos. Me consta que hay gente proselitista capaz de enfrentarse a las evidencias, reconocer que se confundieron y aceptar la evidencia científica. Incluso entre los más convencidos, incluso entre los más recalcitrantes, existe una esperanza de que, al tener la realidad delante, se puedan dar la vuelta y aceptarla tal cual es. Pero el cuñao no. El cuñao siempre tiene razón. Todos conocemos al típico que dijo que Ramón y Cajal eran dos y no se baja del burro aunque le muestres la biografía completa. Pues éste es al que me refiero.

Y como el equidistante de mi anécdota, antes que reconocer su error, se irá rumiando en su interior que él tiene razón porque ha visto un vídeo en youtube.

Preguntas

La más obvia es, ¿qué hacemos con esta gente? Es evidente que con esta gente (y aquí junto a cuñaos y a gurúes varios) es inútil razonar. Uno puede intentarlo, sin duda. Puede intentar tirar de datos, de publicaciones... pero ni siquiera con todos ellos delante dará su brazo a torcer. Todo lo que hagas, todo lo que hayas intentado quedará reducida a una total y absoluta pérdida de tiempo. Esto es lo que tanto me dolió aquel día en la Fnac: el tiempo perdido en bobadas y que no se pudo aprovechar en responder otras cuestiones que podrían haber sido mucho más interesante.

A mí, en este punto, lo que me apetece es tirar de hacha. Pero está claro que esto tampoco funciona. Que luego hay que limpiar la sangre y no es plan. (Oh, cielos... ya no podré ser concejal).

Así, parece que sólo hay una salida obvia: ignorarlos, no darles bola. Si no se les hace caso, lo más probable es que se callen, ¿verdad? Pues no. Si uno no les planta cara y sigue con la evidencia y la razón, lo más probable es que se vayan gritando que tenían razón, que no han podido rebatir sus argumentos y que, por lo tanto, su postura es la más razonable, cierta y real. Ante esta postura, la dificultad de ignorarlos es enorme, pero una vez se consigue ignorar a esta gente, lo más razonable no es abandonar la "lucha" contra la irracionalidad, sino más bien hacer el juramento y redoblar esfuerzos en desmentir todas las chorradas que puedan llegar a nuestros oídos y hacer de escudo.

Y, si a pesar de todo esto, siguen con la cantinela, amigos, sólo queda decir aquello de yo no vine aquí a desasnar burros.

3 comentarios :

  1. Hola, me ha gustado la reflexión. En mi blog geomontanero.blogspot.com.es tengo una sección dedicada a las pseudociencias llamada "El desestupidizador".

    Alguna vez me han dicho que da igual, que por mucho que me empeñe en explicar por qué los extraterrestres no construyeron las pirámides siempre va a haber quien lo defienda y no se puede hacer nada.

    Mi respuesta es que no puedes salvar a quien se ha ahogado, pero sí a quien se está ahogando (yo mismo creía en esas cosas y compraba varias revistas hasta que entré en la carrera).

    Y sobre todo, si una persona busca información y sólo encuentra magufadas varias, su única conclusión lógica es que ésa será la verdad. Por eso es tan importante nuestro papel como divulgadores. ¡Mucho ánimo!

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  2. Creo que con los cuñaos todavía hay esperanza. No esperes que te diga algo del estilo: "Ostia, pues no lo había pensado, pero quizás tengas razón". No hombre, no. Eso nunca. Pero si le atizas fuerte, a base de datos, evidència científica, y un poco (que no falte nunca) de ridiculización, el cuñao se irá a su casa con el ego dolorido de tanto atizarle. Y una vez en su casa le dará vueltas al asunto (a nadie le gusta que le den tantos sopapos argumentales). Y he aquí el milagro de los cuñados. En la siguiente reunión familiar se habrá convertido en un acérrimo antimagufo.
    -"Pero oye, tu no decias quela homeopatia era buena y, tal,...."
    -"Quién, yo? Eso es que me entendiste mal, Yo nunca diría una cosa así..."
    El pensamiento de un cuñao es muy voluble!

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